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#7 El futuro de la humanidad (1)

Agunas reflexiones sobre...

La reflexión que quisiera abordar hoy es, de todas las que he hecho hasta ahora, quizás la más especulativa. Se trata de imaginarnos cómo será la especie humana en un futuro remoto sí, y eso es ya concedernos mucho, logramos sobrevivir a nuestra autodestrucción o a una catástrofe global. Siempre me ha llamado mucho la atención la película “El tiempo en sus manos”, en la que el protagonista crea una máquina del tiempo, y que debido a una combinación de desafortunados incidentes termina en un futuro lejano en el que la especia humana ha evolucionado en otras dos, los Elois y los Morlocks. Los primeros son fisiológicamente reconocibles para nosotros, bellos, ignorantes y sencillos, viven en la superficie de un planeta que parece un vergel alimentándose de los frutos de la tierra. Los segundos, han evolucionado a unos seres más bien monstruosos, de piel azulada y ojos amarillos, que viven bajo tierra y que se alimentan periódicamente de los desventurados Elois que atraviesan sus dominios. Aunque la película tiene ya unos cuantos años, me parece que sigue manteniendo cierta frescura. No contaré nada más de ella, así no romperé el encanto para el que todavía no haya disfrutado de ella.


 

Elois y Morlocks, primos hermanos o casi

Me cuesta pensar a qué tipo de ser tenderemos a evolucionar dentro de un par de millones de años. Parece lógico que nuestras habilidades físicas de cazadores-recolectores se vayan viendo mermadas en aras de otro tipo de habilidades más intelectuales. Supongo que perderemos vigor físico y que nuestros sentidos de vista, oído y olfato sean cada vez más limitados. Nuestra tecnología compensará paulatinamente estas carencias. Ya no necesitamos ser ágiles para trepar a un árbol y escapar de las garras de un tigre dientes de sable. A pesar de la proliferación de gimnasios en nuestros barrios y de las modas del momento, diría que el ser humano está destinado a convertirse en un ser cada vez más frágil y menos físico en un proceso que durará millones de años.
 
Por el contrario, sospecho que el sentido del tacto será el que más se desarrollará en el futuro. Somos adictos a tocar todo y experimentamos una gran cantidad de sensaciones, información e incluso placer tocando. Pocos seres hay en la naturaleza con un sentido del tacto tan desarrollado y versátil como el nuestro, pero lo más importante es el continuo uso que hacemos de él. Creamos vínculos con el tacto. Y lo hacemos incluso con objetos inanimados; ¿has pasado alguna vez por delante del capó de tu coche dejando la mano sobre él? ¿Has tocado alguna vez una escultura que te parece hermosa, como si quisieras establecer una conexión? ¿Y esa foto de tu infancia junto a tus padres que ha aparecido en un cajón y de la que no sabías de su existencia? Usamos este sentido para algo más que la obtención de información, y eso también ocurre con otro sentido, el del gusto. También creo que éste otro es un sentido que estamos desarrollando profundamente, aunque no alcanzo a verle la importancia que tendrá si la comparo con el tacto.
 
Luego está un punto muy manido en las producciones futuristas de Hollywood, nuestra capacidad craneal. Han creado un estereotipo del humano evolucionado del futuro con una cara más o menos reconocible (ojos, boca, nariz) pero coronada por una super-cabeza que contiene un cerebro de proporciones exageradas. De paso y para justificar semejante cabeza, le otorgan poderes telepáticos o telequinéticos. No solo a esos seres evolucionados, a los marcianos de Mars Attack también les diseñaron unas enormes cabezas, aunque en este caso y por gracia de Tim Burton, sus cráneos eran transparentes. Así era más divertido cuando les estallaban los cerebros dentro de sus cabezas.
 

 
Se da por hecho que con el tiempo aumentaremos nuestra masa cerebral, lo que implicará un aumento del tamaño del cráneo que sea capaz de albergarlo. La verdad es que es un argumento plausible. Hay muchas pruebas de la evolución de nuestro cerebro en los últimos cinco millones de años, no veo motivos para que esa tendencia se pare en seco o se reduzca. A fin de cuenta somos lo que somos gracias a ese desarrollo cerebral. Es evidente que lo que seamos en el futuro dependerá en gran medida de ese desarrollo. Aunque me surge una duda; es posible que la gran evolución no sea aumentar el tamaño del cerebro, sino la utilización que hagamos de él. Quiero decir que según una buena cantidad de estudios sobre el cerebro solo utilizamos una pequeña fracción de su potencial capacidad. Tal vez la evolución se base en este punto y no en el aumento de su tamaño.
 
No obstante, este es un aspecto que siempre me ha intrigado ¿porqué la naturaleza nos ha proporcionado mediante la evolución un cerebro cada vez más grande, con mayores conexiones, pero nos ha limitado su potencial uso? Es frustrante, en cierto modo la naturaleza te proporciona un Ferrari capaz de alcanzar grandes velocidades, pero resulta que solo te dejar circular con él en vías urbanas de velocidad limitada. Cierto que hemos llegado lejos con la parte que hemos empleado de nuestros cerebros, pero… ¿dónde podríamos llegar si empleáramos el 100% de su potencial? ¿A qué clase de ciencia tendríamos acceso? ¿Es algún tipo de autoprotección que no alcanzamos a ver? Reconozco que me intriga especialmente este punto, tanto el hecho de que porqué usamos solo una fracción como el qué podríamos hacer si tuviéramos acceso a todo su potencial.
 
Sin embargo, creo que todos estos argumentos, siendo razonables, se basan en el supuesto de la evolución natural que hemos tenido hasta ahora y la presunción de que seguirá siendo así en el futuro. Pero han ocurrido cosas muy recientemente que, creo con toda humildad, marcará el devenir de nuestra especie en el futuro.
 
¿Cuáles han sido nuestros mayores descubrimientos? Quiero decir aquellos que, en términos absolutos, han marcado nuestra historia y han provocado un profundo cambio en nuestra especie. Voy a hacer una lista muy corta por orden cronológico:
 
-         En primer lugar, creo que coincidirás conmigo, el fuego. Dominar el fuego tuvo que ser algo realmente magnífico para nosotros. Poder calentarnos, asar la caza, ahuyentar depredadores, iluminar en las noches… Debió ser un cambio tan profundo que, posiblemente, las tribus o familias que poseyeran este secreto tuvieron que imponerse a las tribus rivales o, simplemente, las absorbieron, creando comunidades un poco más grandes, mejor organizadas.
 
-         La agricultura y la ganadería, que nos permitió pasar de seres nómadas, susceptibles de morir más fácilmente por hambre, depredadores u otras tribus rivales, a seres sedentarios, capaces de organizarse más fácilmente, de crear lazos internos más profundos y de garantizarse un sustento más estable en el tiempo.
 
-         La rueda. La rueda permitiría conectar asentamientos, base del inicio del comercio, motor del desarrollo de una civilización.
 
-         La escritura y los números: a mi juicio, el avance más importante de todos. La escritura es la base para la construcción de una civilización. Es la forma en la que se pueden transmitir los conocimientos de una generación a otra. Y el descubrimiento de los números, algo que nos puede parecer tan trivial, el ser humano tardó más de 1.000 años en conseguirlo.
 
-         Pegamos en salto importante ahora; hasta la invención de la imprenta, no veo descubrimientos absolutamente críticos (bueno, hay que contar con la ciencia, desde los egipcios a los griegos hasta llegar a Copérnico, Galileo y Kepler, momento en el que aparece el mayor genio de todos, Newton). La imprenta hizo que el saber pudiera llevarse a todas partes. Hasta entonces los libros se copiaban a mano y estaban en posesión de unos pocos privilegiados. La transmisión del conocimiento es esencial para el avance tecnológico.
 
-         Y de aquí saltamos al siglo XX. Creo que todo lo anterior es obvio para cualquiera de nosotros, quizás el lector paciente y comprensivo me pueda afear que no haya incluido otros momentos (la máquina de vapor, el descubrimiento de la electricidad, algo que me vería obligado a darle la razón, o la invención de la pólvora, mil cosas más), pero he intentado filtrar lo máximo posible aquellos momentos que supusieron, ya sea en ese momento o más a largo plazo, un cambio profundo en nuestro ser. Y al llegar al siglo XX, tengo la impresión de que no somos totalmente conscientes de dónde hemos llegado en este último siglo. Personalmente, creo que se han producido varios hitos que van a transformar nuestro mundo para siempre.
 
-         En primer lugar, el descubrimiento del átomo y el desarrollo de toda la física cuántica. La primera consecuencia de este descubrimiento es el paso a la electrónica. Y aunque nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo de electrónica, no me parece que seamos plenamente conscientes de lo que significa esto. Y de la velocidad a la que está evolucionando. La capacidad computacional de cualquier juguete medio actual supera a la capacidad que tenía la computadora del módulo Eagle del Apolo XI cuando éste se posó sobre la Luna. La electrónica nos rodea, nos inunda y nos permite hacer cosas que hasta hace no mucho solo se podría considerar como magia. Mi abuelo nació poco antes del hundimiento del Titanic y murió poco después de que el hombre pisara la Luna. Nació en un mundo de carretas y candiles, y pudo ver como el hombre surcaba el espacio y pisaba la luna. Y lo pudo ver por televisión. Es un salto enorme para una vida.
 
-         El descubrimiento del ADN. No solo por el hecho de ser las primeras generaciones en conocer los secretos de la vida, el código donde se almacena la información, sino por dar paso a un asunto muy espinoso desde el punto de vista ético, la biogenética. Descubrir el código genético y traducirlo significa que estamos en disposición de alterarlo. O de crearlo. Tenemos que ser conscientes de las implicaciones que tiene esto.
 
-         La era informática. El desarrollo del mundo computacional, de los ordenadores personales, ha cambiado de forma evidente nuestra sociedad. Esta es la puerta que abre a la siguiente mega-revolución: la inteligencia artificial.
 
Pues son justamente estos tres descubrimientos del siglo XX los que van a marcar nuestro futuro como especie y su evolución. No solo se trata de nuestra evolución física como la que la naturaleza nos ha marcado hasta ahora y de la que no teníamos control. Hemos llegado al punto de nuestra historia en la que vamos a influir directamente en nuestra evolución mediante la tecnología (por la electrónica), los cambios en el código genético (por nuestros avances en el ADN) y la incorporación de la inteligencia artificial (por el avance informático). Todo va a cambiar, está ya cambiando, pero no nos estamos percatando de ello.
 
Pongamos un ejemplo simple. Hasta hace muy poquito, unas pocas décadas, nos empezaron a enseñar idiomas en la escuela. En mi entorno lo habitual era el inglés, aunque otras personas estudiaban francés o alemán. Ya por entonces intuíamos que iba a ser importante en nuestro futuro. Hoy día hemos acentuado más esta necesidad de conocer idiomas, lo consideramos como una parte esencial en nuestro desarrollo personal y profesional. Nos hemos globalizado y es común viajar al extranjero, bien sea por placer o por trabajo, con lo que se requiere al menos unos conocimientos mínimos de un idioma (usualmente el inglés) para poder desenvolverse con normalidad en países de habla distinta a la nuestra.
 
Sin embargo, empezamos a tener aplicaciones en nuestros móviles y ordenadores que nos permiten traducciones inmediatas en casi cualquier idioma. Cierto es que algunas traducciones dejan bastante de desear, pero creo que ese será un problema que se resolverá con cierta facilidad en los próximos años. En algunos casos -como por ejemplo Google Translate, quizás la más utilizada- incluso verbaliza la traducción. Uno puede teclear o dictar una frase en el idioma nativo y el dispositivo traduce automáticamente en el idioma deseado con un acento perfecto. Se me ocurren infinidad de situaciones en las que esta aplicación puede resolvernos un montón de problemas.
 
Aprender un idioma es difícil y requiere de un largo proceso de aprendizaje y de práctica, que en muchos casos no es posible. Aquellos que dominan con mucha soltura un idioma suelen estar valorados profesionalmente, aunque hemos llegado ya a que se da por hecho la necesidad de este conocimiento. Pero si esa persona domina dos, tres o incluso más idiomas, aparte de ser admirados -y envidiados- por los que le rodean, poseen un plus evidente respecto a otras candidaturas. Por ello esa proliferación de academias, cursos on line, cursos intensivos, clases particulares, a las que nos sometemos nosotros y a nuestros hijos. Somos conscientes de la importancia del conocimiento de los idiomas.
 
Pero insisto, no es algo fácil de conseguir. Así que si fuera capaz de inventar una pastilla que le permitiera a usted manejar un idioma de forma instantánea… ¿cuánto estaría dispuesto a pagar por ella? -esta misma cuestión se la plantearon a un alto directivo de una antigua empresa en la que trabajaba mientras comíamos y debatíamos sobre este asunto. Su respuesta fue que si valiera 100.000 € se compraba una para él y otras dos para sus hijas, era evidente que su sueldo era mejor que el mío-.
 
Alguien podría considerar que esto es hacer trampa ¿por qué? El objetivo final de aprender un idioma es utilizar ese idioma. El camino por el que se llega a ese objetivo no debería importar. Unos preferirán estudiar un idioma por el método clásico, y otros, los más pudientes, ahorrarse un montón de horas y de esfuerzo con esa pastillita mágica. Estoy seguro de que la mayoría de nosotros aspiraríamos a tener esa pastillita.
 
Bueno, evidentemente esa pastilla no existe, así que solo queda el camino de estudiar en las academias ¿o no?
 
Pues es el momento de volver a nuestros amigos de Google Translate. Gracias al desarrollo electrónico y a la miniaturización de los chips, resulta que una simple aplicación es capaz de traducir y hablar casi cualquier idioma importante de nuestro mundo. Es asombroso. ¿Y si esa aplicación fuera la pastillita? Pero sería una pastillita metafóricamente enorme, no solo nos proporcionaría el saber de un idioma, sino de prácticamente todos los idiomas. Imagina la capacidad de poder hablar, o como mínimo, manejarte con soltura todos los idiomas importantes.
 
¿Y qué necesitamos? Pues poder integrar ese chip con nuestro sistema neuronal. Es decir, una interface que conecta ese chip de idiomas con nuestro cerebro. No es algo descabellado, está al alcance de nuestra mano. En las próximas décadas podremos resolver este paso y estaremos capacitados para conectar esa funcionalidad con nuestro pensamiento de forma física. Si mi imaginación no me ha llevado demasiado lejos -a veces me dejo llevar por mis elucubraciones-, pienso que en un futuro relativamente cercano integraremos dispositivos electrónicos con nuestro cerebro. Y entonces seríamos capaces de pensar en nuestro idioma nativo, traducirlo en nuestra cabeza y hablarlo mediante esa especie de ”apuntador” que tendríamos dentro. Nosotros no lo veremos. Posiblemente nuestros hijos tampoco. Pero puede que los hijos de nuestros nietos sí. Es una cuestión de tecnología y eso es siempre cuestión de tiempo. Por mi parte no compraré acciones de academias de idiomas a largo plazo, tengo la impresión de que es un negocio abocado a la extinción a pesar de su pujanza en estos momentos.
 
También es cierto que esto puede provocar rechazo en muchas personas. A muchos les puede horrorizar el proceso de integrar tecnología dentro sus cabezas y se alzarán voces en contra de ello. Pero todo ello sería porque todavía no nos hemos acostumbrado. Recuerdo haber escuchado voces en contra cuando aparecieron los primeros terminales móviles; se decía entonces que era gente deseosa de presumir, perderemos la intimidad, si tengo que hablar con alguien llamaré desde una cabina, cargar con un trasto para hablar con alguien…
 
25 años después me cuesta encontrar a alguien mayor de edad que no tenga un teléfono móvil -yo no lo conozco-. Y muchos de ellos, con dos teléfonos, el particular y el del trabajo. El índice de penetración que ha tenido la telefonía móvil en nuestra sociedad ha sido increíble.
 
Hace no mucho se realizó una encuesta en Estados Unidos en el que se preguntaba a un grupo de personas si les gustaría tener integrado un teléfono en su cerebro. Un porcentaje ligeramente superior al 40% contestó afirmativamente. Es un resultado que me asombra por lo elevado del porcentaje, aunque puede que alguno de ellos se echara para atrás en el momento de entrar en el quirófano. Pero la cuestión es que cada vez tenemos menos miedo a integrarnos con la electrónica, o al menos, no nos parece tan antinatural.
 
No hay que desdeñar las posibilidades que nos ofrece esta integración. Pensemos en todas las personas que sufren algún tipo de discapacidad física. Unos ojos artificiales conectados al nervio ocular harían que millones de personas ciegas experimentaran la increíble sensación de ver un mundo que ha estado a oscuras para ellos. Que maravilloso debe ser abrir los ojos y ver por primera vez lo que son los colores, el mar, las estrellas. Incluso puede que esas personas tuvieran mayores posibilidades de visión que otra sin esa discapacidad, por ejemplo, que pudiera ver en más longitudes de onda que un ojo normal o que tuviera mayor rango de visión. Este sería un ejemplo de la tecnología al servicio de la calidad de vida humana. Y creo que empezamos a rozar esto con los dedos.
 
Ya estamos incorporando tecnología en nuestros cuerpos, marcapasos, reguladores de entrada en el estómago, audífonos internos… El que esa tecnología vaya siendo más compleja y con mayor grado de integración es solo cuestión de tiempo. Poco a poco nos iremos acostumbrando a ver estos dispositivos dentro de nosotros como algo normal, aunque no cumplan una función fisiológica esencial.
 
Y este es uno de los puntos esenciales al que antes hacíamos referencia en nuestro camino evolutivo; la integración de la tecnología en nuestros cuerpos.
 
No tengo dudas sobre que ese proceso va a tener lugar y, además, en las próximas décadas. Empezaremos integrando tecnología en nuestros cuerpos para solucionar problemas físicos, con dispositivos cada vez más complejos. La ciencia médica será pionera y abrirá el camino para resolver los problemas de conexión. En otros casos, aquellas personas con una mayor adicción tecnológica y con menos reparos integrarán ya otro tipo de dispositivos. Estamos sumergidos en una sociedad tecnológica, parece evidente pensar que cada vez habrá más personas interesadas en tener un teléfono o un traductor simultáneo en la cabeza. Las empresas verán nuevas oportunidades de negocio en ello y favorecerán la investigación para desarrollar los interfaces y los dispositivos. Y llegaremos al momento en el que nos parecerá normal tener una serie de chips integrados con nosotros, a fin de cuentas, se trata de mejorar nuestra calidad de vida o nuestros quehaceres diarios ¿no?
 
Si piensas que esto son las ensoñaciones de una mente muy imaginativa, por favor, permíteme presentarte a alguien.


 
Este caballero se llama Neil Harbisson. Inglés, nacido en 1984, es la primera persona reconocida como ciborg por un gobierno. Tiene una antena implantada en la cabeza que, y extraigo textualmente de Wikipedia, “le permite ver y percibir colores invisibles como infrarrojos y ultravioletas así como recibir imágenes, videos, música o llamadas telefónicas directamente a su cabeza desde aparatos externos como móviles o satélites. Su conexión a satélites le permite percibir frecuencias procedentes de fuera de la tierra”. Parece ser que tiene una Fundación que tiene como uno de sus objetivos defender los derechos de los cyborgs. La verdad, cosas más raras vemos hoy en día, o eso creo.



Si estás interesado en saber más de él, éste es el enlace que te llevará a la página: https://es.wikipedia.org/wiki/Neil_Harbisson
 
Supongo que, a estas alturas, querido lector, habrás llegado a la misma pregunta que me hago yo: al final de camino… ¿nos vamos a convertir en seres cibernéticos mitad artificiales, mitad biológicos? ¿Dónde estará el límite? ¿Habrá límite?
 
Personalmente me horroriza llegar a ese punto, la veo antinatural. Pero claro, yo vivo en un mundo en el que esta situación provoca rechazo o cómo mínimo, reticencias. Pero pienso en la época en la que nació mi abuelo y todas aquellas situaciones o ingenios que la gente de la época consideraría como absurdas o escandalosas y cómo un siglo más tarde son de lo más normal. Veo a mi alrededor, en mi mundo, que la tecnología nos está superando y cómo parece ser cada vez más necesario estar en contacto con ella para no quedarse atrás, tanto social como profesionalmente. Es una avalancha de la que no podemos escapar, solo surfear en ella o ser sobrepasados.
 
Pero debemos contemplar el segundo de los grandes descubrimientos del siglo XX, algo que va a cambiar radicalmente nuestro mundo: la molécula de la vida, el ADN.
 
El ADN -Ácido desoxirribonucleico- es en sí misma una estructura bastante sosa. Básicamente es un libro de instrucciones. Se trata de una molécula larguísima, densamente apretada con forma de doble hélice. Contiene cuatro nucleótidos: Adenina “A”, Guanina “G”, Citosina “C” y Timina “T”. La Adenina sólo se enlaza con la Timina -por un triple enlace-, y viceversa. La Guanina lo hace solo con la Citosina y también viceversa -por un doble enlace-. Es decir, sabiendo la secuencia de una de las dos hebras del ADN, automáticamente sabemos lo que hay en la otra hebra, por ejemplo, si una de las hebras es:
 
A-A-G-C-T-A-G-G-C-T-A-C-C-G-…
La otra hebra del ADN tiene que ser:
T-T-C-G-A-T-C-C-G-A-T-G-G-C-…


 
Y, cuando se produce la mitosis celular y las hebras se separan, para ser copiadas en las nuevas células, cada una conserva una copia exacta -o casi exacta, por las mutaciones- del original. No entraré en más detalles complicados que se pueden consultar en infinidad de lugares para el lector interesado. Lo que quiero transmitir, es que cada ser tiene su propio código genético que consiste en una secuencia de nucleótidos a lo largo de toda la cadena. Diferentes seres, diferentes secuencias. Aquellas especies próximas entre sí -por ejemplo, nosotros y los monos- comparten la mayor parte del ADN -en ese ejemplo, el 99% del ADN-. Todos los seres vivos del mundo compartimos “partes” del ADN que tenía nuestro ancestro común, del que desconocemos quien fue. Pero incluso seres muy distintos tienen gran parte común del ADN; nosotros y un olmo compartimos más o menos un 40% de ADN. Todos los seres vivos estamos más unidos de lo que creemos.


 
De ese código, nuestras células determinan que aminoácidos son los necesarios -cada 3 nucleótidos, un aminoácido- y su orden, la secuencia en la que se deben codificar, lo que lleva a… las proteínas, que son a su vez secuencias de aminoácidos en un orden específico. Y estas moléculas sí que son realmente interesantes, especialmente las enzimas, un tipo concreto de proteína. Pero este es otro debate.
 
Descubrimos la estructura del ADN y estamos extrayendo toda la secuencia de nucleótidos de nuestro ADN -Proyecto Hombre- y… y ahora nos falta traducirlo. Estamos empezando a aprender a leer ADN. Nos queda un largo camino por delante, pero estamos avanzando con muchísima rapidez. Empezamos a entender secuencias relativamente cortas de nuestra estructura genética, que es lo que hace esa parte y el cómo alterarla. Tarde o temprano comprenderemos la secuencia completa de nuestro ADN y las de otras especies.
 
Y entonces estaremos en disposición de jugar a ser Dios. Podremos hacer cualquier cosa, elegir el sexo del bebé en el momento de su concepción, el color de sus ojos, su altura, cualquier rasgo físico y, también hay que decirlo, suprimir las enfermedades de origen genético. De hecho, ya estamos alterando ciertas características de algunas especies vegetales de consumo habitual, haciendo que sean más resistentes a determinadas plagas o con un aspecto más apetecible. La biotecnología es una ciencia de futuro que acaba de nacer. Una previsión no muy alejada de la realidad es que en próximo siglo estará a nuestro alcance el alterar significativamente nuestro código genético, algo que la selección natural ha tardado millones de años en pulir. Esto significa que van a cambiar las reglas del juego evolutivo, por lo menos en lo que respecta a la especie humana, de una forma impredecible. Ya no vamos a evolucionar de una forma clásica, lenta, natural, dependiente del entorno. Ahora vamos a participar directamente en el proceso, de forma artificial, rápida.




 
Y es una reflexión que me preocupa. No considero que nuestra sociedad tenga la suficiente madurez ética cómo para autoimponerse unas reglas básicas de control. El qué podemos tocar de nuestro código y qué está terminantemente prohibido. Estoy a favor de la ciencia y de la investigación, creo que existe un campo muy interesante en lo referente a la eliminación de enfermedades hereditarias, de regeneración de órganos, de prolongación de la vida y de mejora en la calidad de vida de las personas. Pero intuyo que puede ser muy tentador modificar el genoma para obtener seres más inteligentes, más fuertes, más bellos, en suma, unos seres superiores. ¿Qué padre o madre no deseará que su hijo sea guapo, muy inteligente, potencialmente un triunfador? ¿Estos niños “modificados” no se sentirán superiores respecto al resto “no modificados”? Nuevamente me vuelve a la mente lo que la naturaleza humana es capaz hacer con aquellos que considera inferiores, menos aptos. Y me inquieta sobremanera.
 
¿Cómo encaja la investigación genética con la tecnología? ¿Cómo unimos estas dos piezas del puzle?
 
Hoy en día me atrevería a decir que estamos mucho más predispuestos a que jugueteen con nuestro ADN a que nos metan aparatos en la cabeza, pero habrá una mezcla de ambas. Tarde o temprano se impondrán controles a las tasas de natalidad, los recursos no son infinitos, y estamos todavía lejos de estar en disposición de iniciar la colonización de otros mundos que alivien la presión sobre nuestro planeta. Para cuando la raza humana empiece a viajar a otros mundos, nuestro conocimiento sobre el genoma y la capacidad de alterarlo será una realidad. Ya habrá bebés “a la carta”, en la que, por un módico precio, los padres podrán seleccionar las características deseadas para su hijo o hija (esto también podrá ser seleccionable). A mayores requerimientos de los padres según catálogo ofrecido, mayor será el precio del “pack” seleccionado. Obviamente, esta comercialización de la secuencia genética solo estará, inicialmente, al alcance de unos pocos privilegiados económicamente. Pero como todas las tecnologías, con el tiempo, se irá haciendo cada vez más accesible a los diferentes estratos sociales. Hasta el punto en el que aquellos no “diseñados genéticamente” sean considerados parias, la casta más baja de la sociedad, aquellos a los que se les reservará los trabajos menos cualificados. Y en cada generación de “mejorados”, aumentará el porcentaje de la parte del código genético alterado.
 
Si alguien quiere imaginarse este futuro, le recomiendo que vea la película “Gattaca”. Estoy bastante de acuerdo con esa visión de la sociedad a medio plazo.

No será tan prioritario la implantación de dispositivos tecnológicos, que estarán reservados para aquellas personas que, a lo largo de su vida, sufran algún tipo de discapacidad y para la que la ingeniería genética ya no sea viable (no veo la posibilidad de mutar el código genético una vez nacido) o los adictos tecnológicos que complementarán las mejoras genéticas con nuevas funcionalidades. Teniendo a mano todo el poder genético dudo que el camino que sigamos sea el de convertirnos en seres cibernéticos, será más bien como apoyo a determinados individuos de nuestra especie, no un fin en sí mismo.
 
Pero es obvio la influencia que todo esto puede tener sobre el proceso evolutivo que nuestra especie ha seguido hasta estos momentos. Pasamos a tener un papel activo sobre él. Habrá diferentes velocidades evolutivas ya que podríamos seleccionarlas a la carta y esto puede tener consecuencias imposibles de imaginar.
 
Pero también me puedo imaginar que en el futuro exista una corriente “humanista”, menos aferrados a la tecnología y a los cambios genéticos, gente con deseos de volver a unas raíces más naturalistas (como podrían ser los Amish en nuestra época) y que se aíslen de la tecnología y de la gente tecnológica ¿nos llevaría esto a disgregarnos paulatinamente en dos especies distintas? ¿Serán los futuros Elois y Morlocks? Tampoco tengo claro quien sería quien, pero conociendo nuestra naturaleza agresiva, estoy convencido que finalmente se impondría una de las dos especies.
 
Nos quedaría a considerar un nuevo actor en escena: la inteligencia artificial. Sí, máquinas capaces de pensar por sí mismas. O por decirlo de otra forma, una nueva especie. Prefiero dejar esto para una futura reflexión.
 
 
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