Algo sobre mí - WEBSITE X5 UNREGISTERED VERSION - Página personal de Francisco Javier del Río Fernández

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Algo sobre mí

El dónde o cuándo nací poco importa. Mi infancia se desarrolló en un barrio humilde, de casas antiguas, negocios destartalados y calles estrechas. Mi padre, tornero fresador, mi madre, ama de casa, ejemplos de honradez, ambos trataron de inculcarme unos valores en una época, la del tardofranquismo, en la que estos dejaban de tener el valor de tiempos pasados. Éramos una familia clásica de ese barrio, obrera, humilde, sencilla, que vivíamos en un pequeño piso en el que mi hermano mayor y yo compartíamos habitación, y que no podía permitirse lujos ni dispendios a los que ahora somos tan adictos. No deja de asombrarme cómo un sueldo de tornero permitía por aquel entonces mantener una familia de cuatro miembros, sin derroches, pero tampoco con penurias. Nunca faltó lo básico en mi casa.

Hacíamos vida en la calle. Después de salir del cole y hacer los deberes, nos mandaban ir a la calle a jugar. No era un barrio fácil, la mitad del tiempo lo dedicábamos a jugar y explorar, y la otra mitad a dar esquinazo a los matones del barrio que nos martirizaban sin tregua. Muy de vez en cuando, cruzábamos la frontera con otros barrios. Esos eran momentos mágicos, todavía recuerdo esa sensación previa a enfrentarse a lo desconocido, cómo serían las calles, las casas, la gente de esos otros barrios. Cuanto más lejos estaban, más me fascinaban. Todavía mantengo esa sensación de la infancia; hoy, al bajar del avión y llegar al hotel, lo que más deseo es calzarme unas zapatillas cómodas y perderme por las calles de una ciudad desconocida.

No fui mal estudiante, pero tampoco brillante. Simplemente cumplidor. Recuerdo que mis padres me apuntaron fuera de horario escolar a cursos de mecanografiado, supongo que con la sana aspiración de hacerme un hombre de provecho el día de mañana en alguna oficina. A mí me aburría soberanamente y detestaba aquello. Los mejores de aquella clase llegaban a hacer en los test cerca de 190 pulsaciones por minuto, creo recordar, y para mí representaba una meta absurda, pero de la que se supone había que enorgullecerse. No era mi caso, no mostraba interés y creo que solo estuve un año, pero al menos me sirvió para algo; me ayudó a reflexionar sobre lo que no quería hacer en mi vida.

Una vez terminado la EGB, empecé el BUP en un instituto público del centro de Madrid. Mi barrio se estaba transformado en un lugar peligroso en la época de la movida madrileña, la lacra de las drogas empezó a alcanzar de lleno a la juventud de aquel vecindario. Creo que fui muy afortunado al evitar aquel ambiente tenebroso. Con el tiempo, supe que muchos de los antiguos compañeros de mi curso de EGB, con los que ya no tenía contacto, habían muerto o malvivían por culpa de ese pozo en el que habían caído. Pero por aquel entonces, mi epicentro social no estaba en aquel barrio ni en aquella gente, nuevos lugares y nuevos amigos ya se habían instalado en mi vida.

En el BUP estudié “ciencias puras”, tenía claro que quería realizar estudios superiores en alguna ciencia, y Físicas era la que más me llamaba la atención. La Bioquímica también me atraía. Y siempre estaban las Ingenierías. Aunque desde pequeño había tenido predilección por todo aquello relacionado con la ciencia y la tecnología, durante aquellos años esa tendencia se había hecho claramente irresistible y devoraba cualquier libro científico que cayera en mis manos. Pasaba muchas tardes en la biblioteca, que en aquella época era la forma más barata de acceder a la mayoría de los libros interesantes.

Pero lo fines de semana era otra cosa; quedaba con una pandilla de amigos, todos ellos de otros barrios de Madrid y bastante transtornados incluso para los estándares de la época. Eran los 80, Moncloa y aledaños era nuestra zona de parada (El Parador, la Chocita Sueca, El Límite, Cambalache…) y de aventuras. La música de Mecano, Loquillo, Los Secretos, Queen, U2, Depeche Mode, y tantos otros eran la banda sonora de una época dorada y loca. Todo era cambiante, nuestro mundo evolucionaba a una velocidad de vértigo y nosotros nos dejábamos llevar por esa espiral desenfrenada, sobre todo si había chicas alrededor. Y fue un tiempo maravilloso, pero eso también iba a cambiar.

Mi hermano había hecho la mili en los Regulares de Ceuta un par de años antes. Y, realmente, no tenía intención de seguir sus pasos. Así que me presté voluntario en el Ejército del Aire en Madrid. Al menos podría dormir algunas noches en casa, aunque tuviera que hacer más meses de mili. El plan era hacer mili, COU y Selectividad, todo en uno, y así poder entrar en la Universidad libre de cargas.

La mili no era como esperaba, fue bastante más duro de lo que presuponía. Aprovechaba las noches de guardia para estudiar un poco antes que me tocara el turno. Los que estaban despiertos me miraban como un bicho raro por estudiar a esas horas y en aquel lugar, prácticamente todos ellos habían dejado los estudios años antes y ya estaban trabajando. Otros, los menos, eran auténtica carne de cañón, raterillos y maleantes capaces de hacer una trastada en cualquier momento. Para mí fue un choque convivir con todos ellos durante aquellos 18 meses, no era el ambiente al que estaba acostumbrado y me sentía fuera de lugar, pero también tuve experiencias positivas y me ayudó a conocer a gente que se desenvolvía en mundos tan distintos del mío. Me dio perspectiva de la realidad más allá de la que había tenido hasta el momento.

Afuera de esos muros y a la par, conocí gente que cambió mi vida. Personas que significaron mucho para mí. A algunas de ellas las decepcioné y en otros casos, herí sus sentimientos. Eso es algo de lo que siempre me arrepentiré. A todas ellas les pido perdón. Aunque me arrepiento todavía más de aquellas cosas que no hice. Con el tiempo descubrí que lo único de lo que nos terminamos arrepentiendo profundamente en nuestras vidas es de aquellos momentos en los que no fuimos valientes.

Y por fin, en la Universidad. En la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos. Allí fue donde pasé los siguientes años de mi vida y donde conocí a gente increíble. En este ambiente aparecieron algunos de los amigos que me iban a acompañar el resto de mi vida y de los que siempre me he sentido profundamente orgulloso. Otros siguieron su camino y no volví a tener contacto con ellos. Compaginábamos estudios y juerga, apuntes y cerveza, exámenes y partidas de mus. Y nuevamente, pequeños acontecimientos derivaron en grandes cambios.

A través de un amigo de la Escuela, mejor dicho, ya un hermano, conocí a una chica que con el tiempo se convertiría en mi mujer. Gracias a ella todo cambió. Senté la cabeza, me centré en los estudios y finalmente, presenté el Proyecto Fin de Carrera. Con el título en el bolsillo, empecé a buscar trabajo, algo que ocurrió relativamente pronto.

Salvando los picoteos iniciales, consultor por aquí, consultor por allá, he trabajado en pocos lugares, aunque eso sí, con una cierta estabilidad en cada uno de ellos. Hasta que finalmente, hace unos años, tuve la inmensa suerte de llegar a una multinacional alemana en la que me siento feliz. He conocido en todas esas empresas gente maravillosa y muy ingeniosa. También algún que otro canalla. Pero me siento satisfecho de lo que he podido hacer en todos estos años y lo que me he podido desarrollar profesionalmente. También realicé un par de master, en los que en uno de ellos, el MBA, tuve la fortuna de coincidir con un grupo de gente extraordinario. Sigo disfrutando de la amistad de muchos de ellos, reconozco que he sido afortunado de compartir con ellos grandes momentos. Y lo mejor es que seguimos haciéndolo.

En paralelo, terminé casándome con aquella chica maravillosa que conocí en la Universidad y, con todos los avatares que surgen en la vida, hemos capeado las cornadas que han ido llegado y también disfrutado de grandes momentos. Siempre tengo presente la frase de Forrest Gump sobre la vida y la caja de bombones, realmente nunca sabes lo que te deparará la vida a la vuelta de la esquina. Conseguimos prosperar y embarcarnos en una serie de proyectos de los que vamos saliendo airosos. Con todo ello, los mejores momentos llegaron unos años más tarde, con el acontecimiento más importante que puede ocurrir en una vida, pero estoy convencido que todavía quedan por rellenar muchas páginas y el mismo futuro se encargará de ofrecernos un magnífico guion con el que completar esta historia.

Y en este momento, cuando estoy echando la vista atrás por todos estos recuerdos, es cuando solo os puedo decir una cosa a todos vosotros, los que habéis formado parte de mi vida de una u otra forma, durante más o menos tiempo, con mayor o menor fortuna: GRACIAS. Y a los que estáis ahora mismo en ella, que sigamos así durante mucho más tiempo, queda mucho por recorrer juntos.

Un abrazo para todos.
 
Francisco Javier del Río Fernández
javier@jdelrio.es
 


 




 
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